Viernes 25.05.2012
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| El escritor cántabro Álvaro Pombo, durante su reciente visita a la capital gallega FOTO: Ramón Escuredo |
Álvaro Pombo se arrellana en su sillón de época, en la biblioteca del Hostal de los Reyes Católicos. Hay una ligera penumbra: rompiéndola, un haz de luz de cuela a través de las ventanas desde la plaza, envuelta en el aire azul y frío de febrero. Pero aquí el ambiente es cálido. Pombo me recibe con una furtiva mirada al reloj, o no tan furtiva, lo cual no es el mejor de los augurios. Lleva algunas conversaciones encima, pero él adora la conversación. Así que pronto se anima a tratar cosas de este premio Nadal, El temblor del héroe (Destino), una novela intimista, yo diría, que habla de encuentros y desencuentros, de engaños, de las trampas de la vida y de vidas cruzadas. Y del egoísmo, y de la edad madura. Y del crepúsculo de los dioses. La novela se complace en citar a filósofos. En envolverse de un delicado ropaje cultural que, sin embargo, sólo lleva a la desnudez de almas torturadas. Y, al final, se desencadena la tragedia.
Nadie sale sin heridas de esta lucha por la vida y los afectos, nadie queda sin su dosis de responsabilidad en esta narración de desorientaciones existenciales. Entonces Álvaro Pombo, hoy con corbata, me recibe a esta temprana hora, pero no lo suficiente como para que haya tenido ya varias charlas sobre el Premio Nadal, sobre su llegada a la política, sobre tantas cosas. Ha pedido algo como tentempié, mientras desgrana su discurso sinuoso, a veces impredecible. En estos vericuetos de la conversación uno atraviesa por todos esos paisajes heterogéneos, llevando a Pompo como guía, demasiado curioso como para llegar a un único objetivo: lo suyo es demorarse en las revueltas del camino, detenerse un rato, tomar rutas alternativas. Y al fin, gozar.
No se puede decir que le queden a usted muchos premios literarios por ganar.
No, ciertamente. Bueno, hombre, he ganado algunos, el Planeta, ahora el Nadal, estupendo, estupendo. Pero como decía Cela, no tengo la Flor natural de Torrelodones, pongamos por caso. También me gustaría ganarla. Como decía Cela, yo querría ganar todos los premios, ya ve usted.
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