Jueves 24.05.2012
| Actualizado 22.59
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Dejan todas las ciudades hechas una guarrada a base de grafittis, pero ellos se definen como ultraecologistas, verdes a tope y progresistas hasta la médula. Su progresismo se basa, no obstante, en apoyar las cafradas que cometa Fidel Castro o cualquier otro político nostálgico de Bananolandia (sus manidos lemas son bastante claros al respecto). Llenan todo de pintadas y degradan cualquier zona por la que pasan, pero son los primeros en defender la creación de ciudades sostenibles, sin coches y sin ruidos.
Mirad el aspecto sucio y cutre que presentan, casi exclusivamente por su culpa, varias zonas del casco histórico de Santiago, donde la porquería llega a límites bochornosos y no hay forma de mantener muros y tapias con un aspecto decoroso. Sin embargo ellos creen que son los únicos que defienden la esencia de la zona monumental frente a los fascistas que desean especular en ella.
Son, en suma, tipos que dicen defender una cosa y hacen justamente la contraria, que se creen facultados para dar clases de democracia a los demás y luego sus ídolos son dictadores adictos al ordeno y mando; que viven voluntariamente entre la mugre y van dejando tras de sí una estela de guarrería, pero tachan a los demás de antiecológicos, y para quienes cualquier empresario, inversor o posible creador de riqueza supone un enemigo a batir.
O alguien hace algo con esta tropa tan poco perseguida o será mejor dejar de invertir dinerales en rehabilitación y pintura. Total, a las pocas semanas todo vuelve a estar igual de mugriento.
