Jueves 24.05.2012
| Actualizado 22.59
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Aunque los asuntos de la curia vaticana sean complejos y poco accesibles para el profano, hay algo que parece claro: sin la intervención de la Iglesia gallega y del cardenal Rouco, la visita papal se hubiera quedado en un frustrado anhelo. Los políticos ayudan, pero la tecla decisiva está en manos del episcopado local. Sin la habilidad e insistencia de monseñor Barrio, este logro no hubiera sido posible. De ahí que sean oportunas las palabras del presidente Feijóo, cortando de raíz una incipiente competencia para apuntarse el tanto. El mérito fundamental es de la Iglesia. Como la típica sobriedad de sus portavoces hará que no trascienda la más mínima vanidad, es conveniente que se diga desde fuera. En estos tiempos en que muchas de las cosas relacionadas con la jerarquía católica son objeto de críticas, es preciso ser ecuánimes y elogiar abiertamente el servicio que acaba de prestarle a un Año Santo que arrancaba con notables dificultades. Al César lo que es del César, y a los obispos y cardenales lo que les corresponde.

El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado
Estas son las carreteras que tenemos
Una placa muy desfasada en Ribeira