Jueves 24.05.2012
| Actualizado 20.39
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No puede ni debe darse ningún paso más con el gallego. Lo dijo alguien el viernes pasado. ¿Quién? Se equivocan si intentan encontrar al autor entre los mártires habituales de los normalizadores. No es el conselleiro de Educación ni el de Cultura, a la cabeza últimamente de las clasificaciones de gallegofobia, ni el Pedro Arias que provoca protestas en el Parlamento cuando se expresa en castellano. No vayan tampoco a Roma para dar con el responsable de la inaudita declaración porque allí no está. No es Paco Vázquez. Rosa Díez podría serlo pero en esta ocasión es inocente. Nadie de la caverna madrileña que hostiga sin parar a los idiomas periféricos, está implicado. ¿Galicia Bilingüe? Frío, frío. No va por ahí la cosa. Desvelemos ya el misterio y digamos que el declarante fue Javier Losada. Al templado regidor coruñés se le hincharon las narices con la normalización y dijo lo que tenía ganas de decir, sin miedo a que sus socios nacionalistas tomen represalias. El detonante vino con una propuesta del BNG sobre nuevas medidas de impulso al idioma, que para el alcalde colman el vaso.
Por decirlo de otra manera, el socialista no quiere llevar la famosa inmersión a su consistorio. Entra en contradicción así con las posiciones oficiales del PSdeG, pero a cambio conecta con la mayoría de su electorado, básicamente el mismo que se sentía encantado con las políticas del actual embajador en el Vaticano.
Tras levantar la L como un marine americano en Iwo Jima, ahora este no pasarán dirigido a los normalizadores pesados. Aunque no se trata de restarle valor al gesto, también hay que decir que es mínimo el riesgo que corre el mandatario con el aldabonazo lingüístico. Sus socios no van a hacer nada. Si París bien vale una misa, seguir en el poder justifica rebajar las exigencias y morderse la lengua. A Coruña, y en parte también Vigo, son dos buenos ejemplos de la hipocresía reinante en el tema que nos ocupa. Hace poco, el nacionalismo en pleno abandonó la Cámara gallega cuando Pedro Arias ofendió a la institución con su castellano provocador, y sin embargo ningún nacionalista se altera en el salón de plenos herculino, cuando el alcalde y sus concejales utilizan habitualmente ese mismo idioma. Losada y Caballero hablan castellano en la intimidad y fuera de ella, sin que por ello reciban ningún anatema de los inquisidores de guardia.
Es prodigioso. Ninguna asociación los molesta, ninguna plataforma les abre expediente, ninguna pancarta los menciona en las manifestaciones. No pecan de gallegofobia, a pesar de su pertinaz impostura idiomática. Gozan de un estatus especial, gracias a un salvoconducto que alguien les expidió a cambio de algo muy sencillo: compartir el poder municipal. O sea, que la clave para disfrutar de esa exención para el gallego es pagar un peaje en forma de concejalías. Una vez satisfecho, toda la constelación de instituciones y organismos encargados de velar por la rectitud idiomática harán la vista gorda. Contra el mercadeo de parecidas indulgencias se levantó Lutero en otro tiempo. Aquí no parece haber protestantes.
La que se habría montado si alguien que no fuera Javier Losada hubiese proferido tamañas blasfemias, y a tan poca distancia además de la Real Academia. Por experiencia profesional, el amigo alcalde sabe que una buena anestesia aplaca a cualquiera. Aplicó la dosis adecuada y ahora dice lo que le sale del alma. No hay peligro de que los socios despierten de su sueño.

El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado
Estas son las carreteras que tenemos
Una placa muy desfasada en Ribeira