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Jueves 24.05.2012  | Actualizado 20.39      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

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[Noticia 1 de 1] Opinión

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

{ a bordo }

De juez a divo

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LO malo del caso Garzón es que ha ido derivando a una discusión contaminada por el fútbol. Sí, porque cuando dos forofos de clubes rivales se enfrentan dialécticamente tras el partido, las razones nunca se imponen a las pasiones. Cada uno defiende sus colores por encima de cualquier objetividad. La objetividad le quitaría todo encanto al ambiente futbolero, propicio para el sano desahogo. La popularidad del fútbol se debe a que nos permite hacer un paréntesis en nuestra aburrida monotonía de animales racionales.

El garzonismo es lo más parecido a la devoción por unos colores. Así como el aficionado bético grita aquello de ¡Viva er Betis manque pierda! algunos partidarios del exjuez y exdiputado socialista, vitorean a don Baltasar aunque haya sido condenado por un tribunal en el que había magistrados progresistas, y donde no se dio ningún voto en contra. Quizá por esa unanimidad, los más conspicuos cheer leaders evitan entrar en la sentencia y se esfuerzan en levantar un mito, una leyenda.

¿Sería admisible que cualquier juez ordenara escuchar las conversaciones privadas de un abogado con su defendido? He ahí la cuestión. Imaginemos que no solo Garzón, sino cualquier otro colega, pudiera ordenar arbitrariamente esas escuchas. Como bien dice la sentencia, tal cosa nos situaría en los umbrales de un sistema totalitario en el que el ciudadano queda inerme. Aceptar que el fin justifica medios irregulares es tanto como darle la razón a todos los autócratas que justifican su poder absoluto en un bien superior que solo ellos determinan.

Una de las grandes diferencias entre el pensamiento democrático y el totalitario estriba precisamente en la importancia que otorgan a las normas y a los caudillos. Para un demócrata, de izquierdas o derechas, la principal garantía es la ley, el ordenamiento, el procedimiento, mientras que el totalitario, de izquierdas o derechas, se fía del hombre providencial, que puede tomar forma de militar, de político o de magistrado. El totalitario no admite que nada se interponga en el camino de ese líder. Él sabe lo que tiene que hacer sin estar atado a requisitos insignificantes. En definitiva, si hay que escuchar, se escucha aunque la normativa vigente lo prohíba.

Por culpa de esa contaminación forofa de que es víctima una parte del garzonismo militante, se olvida que el buen funcionamiento de la Justicia y la persecución del delito no pueden depender de un juez providencial que actúa a su antojo. Es más, es este tipo de juez un aliado indirecto del abogado del delincuente, al que nada favorece más que una instrucción chapucera que después queda en evidencia en el juicio.

Con ser eso relevante, lo es más una idea que Garzón y su masa coral han propagado sin recato: la de que solo don Baltasar ha luchado contra el delito, distinguiéndose de una magistratura pasiva. Eso no es verdad. Simplemente estamos ante un divo que debajo de la toga se puso la malla de Superman.

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