Jueves 24.05.2012
| Actualizado 20.39
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LOS PODERES de la mente de un hombre son directamente proporcionales a la cantidad de café que tome. Tal afirmación pertenece a Sir James Mackintosh (165-1832) jurista, político e historiador escocés. La fuente en la que recogí el dato quizá no sea muy de fiar: procede de la cubierta de un azucarillo para café, pero no por ello me voy arredrar y dejar de usarla. El tal Mackinstosh existió realmente y fue cantidad de cosas -médico, abogado, cuñado de Daniel Stuart, editor del Morning Post; en fin, la tira- que probablemente no hubiese sido nunca en toda su vida de non andar como una moto, tal y como parece ser que anduvo, todo gracias al café según se desprende del comentario.
Beber café en aquellos tiempos debió ser algo parecido a fumar marihuana hoy en día; o de eso puede derivarse la impresión que sin duda ha de sufrir cualquiera que se decida a perder un poco el tiempo continuando la lectura, ya que no de estas páginas, si de cualesquiera otras que informen del asunto del café y de los circunstanciales, esporádicos o fijos, bebedores del brebaje así llamado que, además de andar con las pulsaciones a ciento y la madre de pico de latidos, deben a la ingesta la mayor parte del talento empleado en ello.
Bach compuso una cantata del café a partir de la letra de Picardo que hizo sonreír a no pocos de los oyentes de la cantata para tres voces, flauta, cuerda y continium y asombrado debió de andar el personal a partir de la agitación producida en los individuos afines a su consumo puesto que no parece que lo quedasen ante los efectos reflejados en o por las mentes de sus bebedores. A mayor cantidad de café, mayor capacidad mental es algo así como afirmar que a mayor ingestión mayor talento el albergado en las cajas craneales de quienes se hayan ocupado firmemente en su consumo.
La verdad es que sería muy fácil la consecución de un talento por procedimiento tan breve y tan sencillo. El problema es que en donde no hay talento no es posible que el considerado escaso vaya a más una vez que alguien escriba, lea, cante o esculpa después de haberse zampado dos o tres litros de café, un par de porros o de cualquier otra sustancia que todos conocemos aunque sólo sea literariamente, desde vino a LSD.
Es cierto que hay mucha gente que compuso obras importantes bajo la influencia de drogas, pero la pregunta es la que respondería a qué cantidad de ellas quedaron sin ser compuestas por culpa de la puñetera y equivocada ingesta. Nadie se creerá que por mucho café que beba conseguirá, hoy en día, utilidades del tipo de las que se citan. Tampoco nadie debería creer, menos aquella gente que se adentra en el territorio de la creación, que mejorará su personal paisaje a cuenta de darle al porro o a la santa madre que lo trajo al mundo. Lo más a lo que podrá aspirar será a que, alguna frase alada como la que se recoge al comienzo de estas líneas, acabe ilustrando la funda de un azucarillo para el café. Si es que para entonces queda café, queda azúcar y alguien tiene a bien servirse de ambos, claro.
Escritor, Premio Nadal
y Nacional de Literatura

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