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Jueves 24.05.2012  | Actualizado 20.39      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

a bordo

Habemus Papam

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Galileo y Darwin pudieron constatar lo difícil que es modificar las opiniones de la Iglesia. La piedra sobre la que se asienta el Vaticano no se mueve con facilidad. Sólo el tiempo es capaz de ir desplazando poco a poco los dogmas, pero mucho después de que los pioneros del cambio hayan pasado a mejor vida. Se dirá que alterar la agenda papal es más sencillo que convencer al Santo Oficio de que es la tierra la que gira alrededor del sol, o de que hay evolución en las especies que pueblan la tierra. ¿Seguro? Tras cada apunte en ese dietario hay innumerables diplomacias secretas o públicas, que componen un conjunto tan complejo como la fachada del Obradoiro. Descolocar una pieza del mosaico es una inconcebible transgresión para la Santa Sede. En esa agenda inconmovible no figuraba ninguna visita a Compostela durante el Año Santo. No había nada que hacer. La falta de previsión de unos y otros condenaba sin remisión a la capital de Galicia a la peor de las ausencias, la que no podía cubrir a nado David Meca, ni Diana Kroll al piano. Sólo cabía la misma resignación que tuvieron Darwin y Galileo con sus cosas.

Pero hay un detalle histórico que quizá explique el fracaso de ambos hombres de ciencia en su lucha contra la terquedad vaticana. No eran gallegos, y no dominaban, por tanto, el arte de la oblicuidad, las mañas de la paciencia y esa destreza que consiste en que el otro haga lo que uno quiere, pensando que hace su voluntad. Feijóo, Vázquez, Rouco y Barrio han demostrado que son diestros en esas virtudes propias de la raza galaica. Todos ellos son dignos herederos del Xelmírez que fomenta un Camino que entonces parecía una extravagancia sin futuro. Es como si el obispo preclaro hubiera guiado desde el más allá sus pasos para tocar las teclas necesarias en el organismo vaticano.

Hubo un lobby galaico en los corredores de la Santa Sede, un equipo laico y eclesiástico sin distinción de siglas, frente al que poco pudieron los guardianes de la agenda papal. Llegó un momento en el que alguien de la diplomacia de San Pedro se dio cuenta de que nada podía hacerse contra unos gallegos en pleno disfrute de sus artes de persuasión, y liberados de las rencillas que tantas veces los derrotan. Imaginemos lo que hubiera sucedido de haberse tramado todo esto sin la discreción que se hizo. No faltaría un Abel que organizara una manifestación en contra del desprecio que la visita supone para su ciudad, o alguien desde el otro lado que reclamase una escapada papal a la torre de Hércules.

Toda esa legión de folloneros profesionales que funcionan en el país se habría puesto manos a la obra para convencer al Vaticano de que lo mejor era evitar el país de los mil ríos y los mil pleitos. He ahí reflejado el gran problema que tenemos. En realidad, la Galicia real está más representada por el espíritu del cuarteto susodicho que por los ayatolas de ocasión, pero éstos hacen más ruido.

Son los otros los que traen las nueces. Lo que acaban de lograr es el triunfo de la constancia y la unidad. Quienes conocen la pétrea determinación de los cancilleres vaticanos daban la batalla por perdida y mostraban su escepticismo ante cualquier esperanza de ver al Santo Padre en Compostela durante el Xacobeo.

Se equivocaban. De haber sido gallego Galileo, la tierra habría girado alrededor del sol con todas las bendiciones, sin tantos siglos de inútil espera.

CLRODRIGUEZ@ELCORREOGALLEGO.ES

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