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Domingo 12.02.2012  | Actualizado 16.30      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

a bordo

Aquel gallego amable

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Están ausentes. Ninguna de las grandes figuras históricas del galleguismo ha sido convocada a este debate sobre la regulación del gallego en la enseñanza, cosa rara habida cuenta de las facilidad con que son invocados en defensa de ciertas causas. Pero Castelao no está; tampoco Risco, ni Cunqueiro; ni rastro de Vilar Ponte. Ya no digamos Ramón Piñeiro, García-Sabell o Carlos Casares, por hablar de los modernos.

No están porque no conviene que estén. Imposible encontrar en su obra oral o escrita una defensa de la inmersión, del monolingüismo o de una enseñanza al cien por cien en gallego. Ese modelo es completamente ajeno a la tradición galleguista, abonada por un pensamiento tolerante y pragmático. Las posiciones extremas que ahora se ven no representan la continuidad con el galleguismo de siempre, sino una ruptura total con sus postulados. Son consecuencia de un cambio trascendental en el movimiento de afirmación cultural del país. El radicalismo de importación se impone a la moderación autóctona encarnada por esas y otras figuras. Cualquier gallego se siente identificado con ellas, aunque discrepe en éste o aquél aspecto concreto. Porque son amables.

Porque en lo que hacen o dicen no hay malhumor, porque ninguno de ellos se creyó un mesías. Por eso las Cousas de Castelao rebasan las fronteras de una ideología, y el magisterio de Ramón Piñeiro cala en personas de diferente orientación partidaria. Esa es la razón de que ahora ninguna plataforma o mesa los sitúe al lado de las pancartas. Estarían enfrente.

¿Dónde están los continuadores de aquel espíritu galleguista que iba ganando espacios para el idioma con el arma de la amabilidad? Andan por la Academia o el Consello da Cultura, o van por libre ejerciendo su independencia, pero no son una fuerza organizada. Tienen sobre sí el marcaje implacable de los que contraponen su galleguización a la brava, al sentir mayoritario y libre de la sociedad gallega.

Reducidos a la condición de rehenes, no han sido capaces por ahora de establecer una posición independiente. A veces lo intentan, susurrando por ejemplo que el nuevo texto de decreto tiene avances, pero enseguida contrarrestan esta opinión, para que no se abata sobre ellos el terrible e implacable anatema de los furiosos.

Cuando se añora el consenso lingüístico perdido con el decreto del Bipartito, no debe olvidarse el papel fundamental que tuvieron en él los galleguistas históricos. Gracias a ellos, el idioma se convierte en punto de encuentro, y la amabilidad en el clima que agrupa a sectores sociales de variados pensamiento. Por desgracia, esa función no la está desempeñando nadie en estos momentos. El l­iderazgo no corresponde a los continuadores de Castelao, Cunqueiro, García-Sabell o Ramón Piñeiro, sino a los que se empeñan en imponer aquí una mercancía que Galicia rechaza y que está creando una asociación letal para la supervivencia de la lengua: la que se establece entre idioma y nacionalismo. Ligar el futuro de una lengua a una ideología, siempre es nocivo. Pero si esa ideología resulta ser minoritaria, los efectos son demoledores. El nacionalismo se hace con una bandera que el conjunto de la población deja de considerar suya. Ramón Villares y Bieito Lobeira son distintos y distantes en fondo y forma, pero eso sólo lo perciben los iniciados. Mientras no se note, habrá que seguir añorando al galleguismo que hoy diría no es eso, no es eso.

CLRODRIGUEZ@ELCORREOGALLEGO.ES

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