Jueves 24.05.2012
| Actualizado 20.39
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AHORA LLEGAN las frases, los elogios, las grandes sentencias. Ahora llegan los amigos, y los no tan amigos, deshechos en lágrimas, demandando urgentes homenajes para la celebridad finada, que, desde luego, no habrán de faltar. Pero Whitney Houston atravesaba parajes tenebrosos desde hace años, y su coqueteo con la muerte y su eterno paseo sobre el filo de la navaja no eran desconocidos. La música se vio la otra noche impactada por esta nueva muerte joven, aunque ahora, mirando hacia atrás, nos parece que la diosa herida siempre estuvo ahí. Empezó muy joven y creció vertiginosamente hacia la fama, y, presumiblemente, también hacia la destrucción. Nada hay que objetar a su grandeza, en la hora del adiós. Las crónicas, que en los últimos años llegaban preñadas de malos augurios, recogen ahora la deriva personal de la cantante, precipitada quizás a la tiniebla desde sus carencias afectivas, desde las turbulencias de su matrimonio. Bajo aquel manto de grandeza y voz de terciopelo se escondía en realidad una historia dramática y tal vez un infinito terror a la soledad y el abandono. No ocultó su fragilidad ni sus adicciones. Lo hizo en televisión, directamente, ante Opra Winfrey, desnudando sus miedos y su vértigo, ese que ya no pudo abandonar. Tenía dinero, tenía amigos, pero nadie fue capaz de alejarla de la muerte. Como en otros casos, los dioses se llevan pronto a aquellos que aman. Su voz, más divina que humana, se abrió paso ayer en los telediarios, con un rostro que fue evolucionando hacia el infinito naufragio en los últimos años, en un camino que muchos definieron como un camino de perdición. Fue un leve homenaje, para quien merece tanto. Mereció quizás más amor, pero el ruido de la fama hizo que sus lamentos llegaran cuando quizás no había camino de vuelta. Por supuesto, la amaremos siempre.

El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado
Estas son las carreteras que tenemos
Una placa muy desfasada en Ribeira