Jueves 24.05.2012
| Actualizado 20.39
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A DOS semanas de la próxima cumbre europea, en la que se abordará cómo queda definitivamente el fondo de rescate, doce países, entre los que están España, Italia y Reino Unido, se han puesto de acuerdo para enviar a Bruselas una carta-manifiesto, en la que reclaman Un plan de crecimiento para Europa, dividido en ocho puntos, pero sin establecer ni explicar los nexos que habrían de darle coherencia a esa prelación, que se presupone no caprichosa.
En realidad, el título puede resultar engañoso, pues más que un plan, lo que se esboza son una serie de medidas, algunas tan necesarias y, no por ello todavía puestas en marcha, como "redoblar el compromiso con la innovación", cuestión clave para la reformulación del modelo que ha de suceder al que ha sido el causante de la crisis.
También se alude a las reformas del mercado de la energía, del mercado del trabajo, del mercado digital y de que sean "los bancos y no los ciudadanos quienes se responsabilicen de asumir los costes de los riesgos que asumen". Lo cual no deja ser una ironía cuando se analizan los pormenores de por qué la crisis griega trae de cabeza a Berlín y París: las implicaciones de la banca alemana y francesa en un orgía crediticia, cuyo coste va ya por los 300.000 millones de euros. Y continúa.
Sorprende que los países firmantes no hagan ninguna alusión directa, o indirecta, a una posible revisión de los plazos de los objetivos de déficit, pese a que Alemania y Francia no han querido firmar la carta-manifiesto. Lo que, por otro lado, da una idea de la prepotencia con la que actúa Merkozy en la UE.
El documento tampoco se hace eco de la necesidad de utilizar los fondos europeos para poner en marcha planes de estímulo de la inversión (y el empleo) que ayuden a mejorar la productividad y la competitividad de la economía europea.
Sin embargo, el hecho de que doce países se unan, aunque solo sea para reclamar cuestiones que ya están en la agenda de la Comisión Europea, algo puede suponer que está germinando. Algo tiene, aunque aún no sea explícito. Algo sugiere en esta Europa donde Angela Merkel y su acompañante de viaje, Nicolas Sarkozy, cosen y descosen a su antojo e imponen una ortodoxia fiscal, cuya filosofía dicen compartir a pie juntillas los firmantes de la carta-manifiesto.
Y es que son posibles otras alternativas más imaginativas y esperanzadoras que fiar la resolución de la crisis a un régimen severo de adelgazamiento que ya afecta de forma contundente a la inversión y el empleo.
En todo caso, el pulso entre democracia y mercados más desregulados se está haciendo muy patente y se ha trasladado a la calle. La ruptura de la apatía, quizá sea síntoma de una política dispuesta a recuperar la confianza democrática, generar estabilidad social y un mayor crecimiento económico.
Es por ello que el nuevo plan de rescate a Grecia, bajo condiciones leoninas que convierten el país en un protectorado del FMI, el BCE y la CE, reúne los elementos para un nuevo fracaso.

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