Jueves 24.05.2012
| Actualizado 20.39
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Para la nostalgia siempre hay tiempo. Y seguramente, para le ternura. Veo a Paloma San Basilio, paseando por Lugo, abrazada a algunos de sus familiares. Revisitando el Miño, como diría un inglés. Ahora todos revisitamos. Y me emociono un poco, tontamente, con ese descenso a los pozos cálidos de la infancia, a la ternura de la edad de la inocencia. Como vamos más que cuarentones se nos pone un nudo en la garganta y nos entra el sarpullido nostálgico de los días felices. Lugo, a buen seguro, sería una ciudad apretada en su dulce pequeñez de los inviernos. Con el abrazo amurallado y la intrahistoria de los cafés y las plazas, tan romanas y tan domésticas. Lugo me resulta tan atractivo como una casa familiar, pero lo mejor es esa combinación entre el pasado rotundo, el sonido de Roma atravesando el tiempo, y ese sentimiento local de lugar encontradizo y breve, en el que todos se saludan al caer la media tarde. Como hacían con Delibes en el Campo Grande de Valladolid.
Pues allí estaba Paloma. Diciendo todo el rato: volveré. No ha dejado de volver, quizás porque siempre tendemos a cerrar el círculo, a encontrar aquellos días en los que la vida era tan nítida, y los objetos tan brillantes, y las horas tan largas. Entra Paloma San Basilio en el Círculo de las Artes de Lugo, y allí le espera un ensayo de sevillanas: cualquiera de aquellas niñas que ahora la contemplan es ella misma, reflejada en el espejo de la memoria, con apenas nueve años. El día en el que todo empezó. Aunque el ritmo y las conversaciones están rigurosamente calculadas para que la emoción de los protagonistas se revele en cada toma, en Volver con?, el programa de Televisión Española al que nos estamos refiriendo, la autenticidad no resulta un artificio. Paloma parece disfrutar del momento: el abrazo a algunos de sus parientes transmite bien su calidez. Te preguntas si ese lado de la vida del famoso, las cosas pequeñas de la casa, las cuitas domésticas, los abrazos rotos por el tiempo y ahora recuperados, deben ser parte de un documental. Y descubres que sí. Descubres que no viene mal acompañar a alguien de la mano a los orígenes, a aquel primer teatro, y a las calles apretadas del invierno. Saber que todo eso ocurrió, en el silencio de la vieja ciudad, aunque luego hayamos conocido a esta mujer en los escenarios más solemnes del mundo.

El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado
Estas son las carreteras que tenemos
Una placa muy desfasada en Ribeira