Jueves 24.05.2012
| Actualizado 20.39
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La cifra de ciento sesenta mil exorcismos practicados en veinte años, a razón de uno por hora, reservando cuatro para el sueño y haciendo coincidir el resto con las horas propias de misar, comer, rezar y otras ocupaciones lúdico-laborales, propias de los antaño tonsurados, amén de las consumidas en desplazarse de un lado para otro persiguiendo, precisamente a Lucifer, se ofrece mágica y evanescente, como no podía ser menos. Incluso una evagación del ánimo, si se permite la utilización de esta palabra que se acaba de recordar, acaso porque su proximidad fonética despertase la necesaria y (im)pertinente asociación. Una evagación; es decir, una imaginativa distracción. ¡Ah, la mente humana y sus prodigios imaginativos!
Hace muchos años, la desaparecida revista semanal Cambio 16 ofreció cifras similares atribuidas a los jugadores de esa NBA en la que ahora juegan Los Gassols y otros prodigios, pero que entonces frecuentaban Magic Jonhson y otros similares. Las cifras de otrora no eran resultado de una dedicación como la de Gabriele Amorth, ocupado durante veintitrés años en expulsar al demonio de los cuerpos que al parecer ocupa para dominar las almas, sino de las coyundas carnales practicadas por tan eximios jugadores. De los tormentos del infierno y sus maldades, a las bondades celestiales que deparan las huríes en los cielos que anunció Mahoma. ¡Oh, la dicha!
Las cifras de entonces también eran algo pintorescas. Advertían de que gentes que no habiendo alcanzado la treintena de sus años sí, en cambio, la veintena de miles de coyundas. También entonces se les habían hecho las cuentas. Era fácil. Ocho horas de sueño, cuatro de entrenamiento, cuatro de desplazamientos y ocho dedicadas por entero a la práctica del intenso polvito del conejo, zas, zas, fuera, no daban para tanto. Considerando que la fortuna de habitar el paraíso con frecuencia tanta les hubiese llegado con la pubertad, no antes, y luego gracias a la fama, pues la dona é móbile cual piuma al vento y disque le va la marcha del macho prepotente y dominante, ahí queda eso, ríase el lector de la velocidad amatoria del conejo y sus prodigios reproductivos. ¡Ah, las evagaciones de la mente, los deseos ocultos, las distracciones numéricas, los excesos verbales, incluso los freudianos actos fallidos! El ser humano es así. Somos así. Ángeles o demonios. Exorcistas romanos o ángeles de la NBA, hechos a los vuelos más elevados, esos que siempre acaban en canastas. Lo curioso es que, esas canastas, valgan triple cuando se hacen desde lejos, con los pies bien puestos en la tierra, antes de emprender un breve vuelo que se consume en si mismo y luego acaba.

El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado
Estas son las carreteras que tenemos
Una placa muy desfasada en Ribeira