Jueves 24.05.2012
| Actualizado 20.08
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Conozco a mucha gente que cuando adjetiva a alguna persona de gracioso, desenfadado, presuntuoso e insolente, no dice que es "chulo como un madrileño"; tampoco usa coloquialmente la expresión "testarudo como un baturro", para referirse a una persona terca, obstinada o difícil de convencer aun con razones claras, ni tira del "austero como un castellano" para describir a quien es severo o estricto en el cumplimiento de las normas morales o sencillo, moderado o sin adornos superfluos.
Esa gente elude utilizar tales tópicos no sólo por su formación y cultura, sino porque es consciente de que detrás de los estereotipos hay una manipulación histórica con alusiones negativas a grupos raciales, a estatus social y a riqueza o pobreza. Esa es la cuestión. Y, por cierto, los asesores de la diputada en Cortes de Unión Progreso y Democracia, Rosa Díez, deberían saber que lo peyorativo es en sí mismo despectivo, además de despreciativo y ofensivo.
La cuestión de fondo es por qué la líder de UPyD utiliza estereotipos en sus declaraciones públicas y los incorpora a su discurso político con cierta frecuencia. Es ella y sus colaboradores quienes lo tienen que explicar, y explicar también por qué es una muestra de "intolerancia, complejo de inferioridad o perturbación nacionalista" que muchos gallegos se ofendan porque se utilice el gentilicio gallego "en el sentido más peyorativo del término"·
Deben explicarnos porque ese tipo de consideraciones no son, salvando las distancias, muy distintas de las que, por ejemplo, emplea Alma Mahler, en sus memorias, cuando habla del pintor francés de origen bielorruso Marc Chagall, "es un auténtico judío en el buen sentido del término". Nadie menos susceptible de ser acusada de nazismo que ella, enemiga manifiesta de Hitler, casada dos veces con artistas de origen hebreo, y, sin embargo, su mentalidad está contaminada por el antisemitismo, el nacionalismo virulento y la idea de una humanidad dividida en razas, ampliamente extendidos por Europa y América (Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo, Rosa Sala Rose, 2003) desde mediados del siglo XIX.
Al igual que en el caso de Alma Mahler, también lo de Rosa Díez parece ser un problema de mentalidad.
En la génesis de un discurso político que se opone frontalmente a los nacionalismos vasco, catalán y gallego, está otro nacionalismo, cuya ideología establece, por debajo del envoltorio de progreso y democracia, una taxonomía. Una clasificación, en la que hay unos hombres y mujeres que están por encima de quienes o bien sufren complejo de inferioridad o bien perturbación nacionalista. Un pensamiento superior en el que resurgen viejas obsesiones culturales.
En cierto modo, el éxito y el fracaso político de Díez está en simplificar al máximo la realidad compleja propia de un Estado compuesto, y para eso nada mejor que un discurso fácil, cargado de estereotipos y de lugares comunes. Lo cual no es, desde luego, una apuesta imaginativa en favor de que el individuo retorne a la política y confíe en el sistema político. La trivialidad y prácticas rituales de las que hace gala devienen en un espectáculo no menos edificante que el de diluir la democracia entre los vapores de la etnia y las identidades fuertes y totalitarias.

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