Jueves 24.05.2012
| Actualizado 20.08
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Una de las cosas que con más razón se le achacan a ciertos sectores religiosos es tratar de convertir su doctrina en leyes aplicables a todos. Es una teocracia que en otro tiempo afectó mayormente al cristianismo, y que ahora tiene sus mejores ejemplos en las versiones más ortodoxas del islamismo. Pero no se trata sólo de una dolencia religiosa, sino que se extiende también a otras creencias de tipo laico.
La ecología, por ejemplo. Junto al ecologismo sano y profano, existe otra variedad que podría denominarse ecolatría, y que pretende convertirse en una fe incontrovertible, ante la cual debe postrarse cualquier tipo de razonamiento económico, político y social. Si algo no es ecológico, la discusión queda cancelada y se acabó. De nada vale objetar que ese algo es legal, que se ajusta a la normativa vigente y supone beneficios tangibles para la gente. Habiendo una duda entre paisaje y paisanaje, se opta sin pensar por el primero. Al mandato bíblico de dominar la tierra, se le da la vuelta para convertir al hombre en una fauna secundaria.
Un caso práctico lo tenemos en Galicia con Touriñán. De cabo geográfico pasó a ser un templo sagrado, uno de esos lugares que determinadas tribus indias no podían pisar por miedo a los dioses. Al ser una Xunta aconfesional, la Administración anterior no citó a ninguna deidad para impedir el proyecto de piscifactoría de Pescanova, sino una confusa legalidad y un ardiente amor panteísta por la tierra. Esa legalidad no existía. Prueba de ello es que un país tan europeo como Portugal acogió alborozado la inversión. El júbilo del Gobierno socialista vecino dejó en evidencia al progresismo ecólatra que se estilaba por estos pagos. Lo que movía el veto era solamente el capricho, la arbitrariedad y ese empeño de origen religioso para convertir la fe de unos pocos en ley.
El debate sobre si la planta afea o no ese lugar de la costa es de tipo estético, y por lo tanto subjetivo. Su legalidad o no, en cambio, es una cuestión objetiva. ¿Por qué criterio ha de guiarse el gobernante democrático? Sin duda por la ley. Dicho lo cual hay que coincidir con la ecolatría en que Touriñán queda más bonito sin la piscifactoría. Y la costa lucense sin el complejo de San Cibrao, y la ría de Ferrol sin astilleros. Y Galicia sin esa horrible autopista que interrumpe la continuidad de su paisaje. La pena es que se reincida en aquel pecado que frustró una inversión importante. Ahora Touriñán vuelve a utilizarse para justificar la negativa al consenso sobre la Ley do Solo del conselleiro Hernández, uno de los que no van en globo ni tropiezan con la toponimia. Touriñán es un lugar sagrado, se vuelve a decir. Convertir en druida a la menguante población de la zona podría ser una buena solución.
Aparte de su condición de cabo prohibido, se volverá a hablar de los sospechosos intereses económicos que movían a los defensores de Pescanova. En todo caso, no serían tan jugosos como los que estaban detrás de su marcha a Portugal, que finalmente se llevaron el rodaballo al agua. ¿Por qué se piensa siempre que los que defienden una inversión aquí tienen oscuras connivencias, y no aquellos que hacen que emigre más allá de nuestras fronteras?
En Touriñán, en esa permanente dialéctica entre paisanaje y paisaje, ganó por goleada el paisaje y prevaleció la mentalidad teocrática que convierte en ley la devoción subjetiva. Los países que siguen ese camino, no tienen mejor futuro que las tribus indias en sus reservas.

El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado
Estas son las carreteras que tenemos
Una placa muy desfasada en Ribeira