Jueves 24.05.2012
| Actualizado 20.08
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Si hubiera que personalizar los dos extremos de la dolencia identitaria, habría que recurrir a Rosa Díez y a cualquiera de los mandamases de nuestro nacionalismo más castizo; pongamos que Ferrín. Sus filias y fobias son muy diferentes, antagónicas, difícilmente reconciliables, y sin embargo su reacciones son muy parecidas en determinadas situaciones.
La lideresa hace frente a quienes la criticaron por sus alusiones a los gallegos, diciendo que proceden de una perturbación nacionalista. Gallega, se entiende. El enfado galaico sería consecuencia de un complejo inyectado por los galleguistas fanáticos, sin el cual los gallegos seguirían siendo un pueblo que sabe aguantar las bromas. Un poco como Xan das Bolas.
Entre sus enseres de casa, doña Rosa tiene un partido. Lo lleva como quien lleva un bolso. Se lo quita y se lo pone como un atuendo más, y lo polariza en un enemigo que son los nacionalistas de la periferia. Lo malo es que esa legítima estrategia, deriva a veces en una obsesión que la lleva a ver confabulaciones dónde sólo hay una reacción normal contra un menosprecio.
Para no estar perturbada, Galicia tendría que haberse partido de risa ante sus gracias. Como no lo hace, merece ser llevada al diván para curar el nacionalismo. Bastaría que sus menguados efectivos galaicos atualizaran la ficha que doña Rosa tiene sobre nosotros, para que supiera que el nacionalismo de aquí es modesto en apoyo social. Y en parte lo es porque la mayoría de los gallegos creen que no es necesario ser nacionalista para amar a su país, y encabronarse mucho cuando lo menosprecian.
Al achacarlo todo al nacionalismo gallego, la jefa de UPyD hace lo mismo que los que ven tras cada polémica, la oculta mano del nacionalismo español. Tal para cual. Las dos partes necesitan un enemigo que justifique sus existencia. Suponen que en Madrid o Santiago hay una vigilia perpetua de gente que hace vudú con Galicia o con España. Sobre esa obsesión, levantan una ficción irmandiña o visten la brillante armadura de Juana de Arco.
Es una pena que alguien tan fino en sus análisis como Arcadi Espada, haya desenvainado la suya para hacer frente común con Rosa Díez. En presencia de Julio Otero, el escritor y colega nos tacha de paletos y cantonales por no haber sabido llevar las chanzas de la diva. Rosa es vasca; Arcadi, catalán. Ya que hablamos de perturbaciones, ¿no será que ellos están aquejados por un síndrome, tras haber vivido y soportado el ambiente enrarecido de Euskadi y Cataluña? El nacionalismo obsesivo que se da en ambas comunidades, ha creado por reacción un antinacionalismo igual de hipocondriaco, al que la política y el brillante escritor quizá pertenezcan. Aplican a Galicia análisis que pueden ser válidos para la realidad catalana o la vasca, pero que aquí son extraños. Vuelve a darse otro paralelismo. Se equivocó durante mucho tiempo el nacionalismo gallego al establecer un eje Galicia-Euskadi-Cataluña que carecía de coherencia, de tradición y de base social. Sólo era una fantasía de políticos e intelectuales, que fue agonizando poco a poco. Con su teoría de la Galicia perturbada, Rosa y Arcadi, nos vuelven a equiparar y se vuelven a equivocar. Ni perturbación ni masturbación. Los gallegos no reaccionamos ante todo esto por ser nacionalistas, sino por ser gallegos. Al diván del terapeuta identitario tendrán que ir otros.

El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado
Estas son las carreteras que tenemos
Una placa muy desfasada en Ribeira