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Jueves 24.05.2012  | Actualizado 20.08      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

a bordo

¿No éramos agnósticos?

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¿Está dejando Galicia de ser católica? Depende de las señales que se tengan en cuenta. Hay signos externos de devoción que parecen apagarse, como la asistencia a las liturgias o la defensa pública y explícita de la doctrina de la Iglesia. En ese armario del que han salido, a Dios gracias, determinadas condiciones sexuales, entra ahora el católico para llevar su fe de una forma discreta, privada o clandestina.

De las catacumbas donde se protegían los cristianos primitivos, se pasa a otras de tipo social. No hay Nerones que persigan a nadie, pero sí un ambiente en el que lo que está bien vista es la indiferencia. La gente pública es un excelente barómetro. Un político, actor o famoso en general que se proclame muy católico es algo raro.

Cualquier observador de este estado de ánimo colectivo esperaría un generalizado encogimiento de hombros ante el anuncio de la visita papal. Su deducción sería coherente. Si el catolicismo está en decadencia en Galicia y el resto de occidente, que venga o no Benedicto XVI a Compostela es tan irrelevante como la actuación de un cantante descatalogado.

Sin embargo no es así. Una explosión de alegría ha seguido al anuncio oficial de la excursión del Santo Padre. Un aplauso unánime resuena en el país. Ni siquiera los políticos u organizaciones más agnósticos quedan al margen del entusiasmo. El Xacobeo de la crisis está a salvo, gracias a la presencia de la máxima autoridad de una religión que, de acuerdo con los síntomas visibles por doquier, entra en el armario.

Ya. Los más perspicaces tendrán presto el argumento que distingue la religiosidad de la superstición o el folclore. Van a replicar diciendo que las multitudes que acudan a Compostela lo harán movidas por un ánimo festivo que tiene poca relación con la fe en Cristo. Son equiparables a una hinchada de fútbol, a los fans de AC/DC, a los abducidos por cualquier secta.

Pero el Papa no juega, ni canta, ni sus acólitos drogan o privan a la gente de su voluntad. El razonamiento del agnóstico, que asiste sorprendido a la súbita devoción por el Santo Padre, resulta poco consistente. Tampoco le vale atribuir la efervescencia a la ignorancia de la gente porque Compostela está situada en la región del mundo más culta, más libre, informada y sometida a todo tipo de doctrinas contrarias a la fe religiosa. Para un occidental, en suma, lo más sencillo es dejarse llevar por la corriente y no creer.

Es el agnóstico quien está en una situación dominante en la política, la cultura, en las elites dominantes, lo mismo que sucedía en la Roma paleocristiana, y aún así el Papa viene, congrega a un gentío sin parangón e incluso hace que el alicaído PIB xacobeo se reponga. Sólo hay una respuesta capaz de explicar esta flagrante contradicción.

Que, junto al catolicismo fervoroso, hay otro latente que emerge en situaciones como ésta. Como decía Oriana Fallaci, todos seguimos perteneciendo al cristianismo cultural, por más que hayamos abandonado el de la primera comunión. Aunque las liturgias hayan decaído, sigue habiendo momentos en los que aflora un sentimiento que el puro escepticismo no puede colmar.

He ahí la mejor explicación para estas reacciones que se producen ante el anuncio de la visita papal, en una sociedad aparentemente agnóstica. El catolicismo oculto sale del armario y celebra también su día del orgullo. No vale reducirlo todo al folclore. No es eso.

CLRODRIGUEZ@ELCORREOGALLEGO.ES

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