Jueves 24.05.2012
| Actualizado 20.08
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Sobriedad y concisión, palabra desnuda y simple. Castellano viejo, alma herida y acrisolada. Carácter recio y una bonhomía que le rebosaba a borbotones por todos y cada uno de los poros de su piel. Ha muerto un gigante de la palabra, del verbo, de la literatura, pero también de lo humano, de una rabiosa sencillez humana. Alma y espejo de Castilla, la de los campos de Machado y la soledad sonora. Austeridad y coherencia, pasión por una tierra recia y parca. Olmos secos de Castilla, robles centenarios y alargadas sombras de cipreses de realismo teñidos de melancolía y pesimismo. Un pesimismo que abrazó el existencialismo y la realidad de la vida y la muerte en alguna de las obras cumbres de nuestra literatura. Una simbiosis con la tierra y el campo, la vida y la naturaleza, la esperanza y la fe. Era cristiano, cristiano convencido, de los que no se avergüenza en blasonarlo, y aspiraba a una justicia en un mundo ciego y tenebroso que había perdido ya el rumbo. Hace unos meses aseveraba, desde la enfermedad y la vejez, "doy mi vida por vivida", todo un testimonio de grandeza y resignación confortable, de un hombre que no temía a la muerte, tampoco el silencio y el olvido. Un hombre que desde la sencillez y humildad, la coherencia y la integridad ha sido un auténtico baluarte de respeto, tolerancia, generosidad y dignidad.
Prosa transparente y límpida, huérfana de excesos y florilegios que distraen lo sustantivo y esencial. Belleza del verbo y sobriedad elegante y mística de la palabra, dominador de la metáfora, de la estética sublime y sencilla. La belleza del lenguaje que le atrapó y a la que fue fiel durante toda su vida, una vida literaria ávida y extraordinaria, exitosa y reconocida. Un torbellino de luz, una manantial de voz para los que en otro tiempo no se escuchaba y silenciaba desde la censura y una España devastada y destartalada. El hombre y la dimensión humana, también Castilla, en el universo de su palabra, su creación. Vivió y dio por vivido, escribió y dio por escrito, leyó y dio por leído. Ganó todos los premios habidos y por haber. Algunos hoy achacan que no se le otorgó uno en particular. No lo necesitó, quizá ni siquiera nunca lo pretendió o quiso. Por que tuvo el más importante, el del amor de los suyos, su familia, que como él reconocía desde la soledad espinosa de la ausencia de la persona amada, ellos nunca le fallaron, sus hijos, sus nietos. Se ha ido en la plenitud de una vida que ha merecido la pena ser vivida y que nos lega y regala un tesoro de cultura y literatura, humanidad y realidad, incalculable. El tesoro de la lengua, esa que tan denostada es, la de la filosofía de la verdad, la única. Ha muerto Miguel Delibes en su vieja Castilla del alma. Ha muerto el hombre y el escritor definitivamente, el que nos hizo llorar y henchir de emociones y sensibilidad. El que nos hizo más libres para atrevernos a pensar y reflexionar sobre nosotros, nuestras realidades, nuestras circunstancias.

El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado
Estas son las carreteras que tenemos
Una placa muy desfasada en Ribeira