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Jueves 24.05.2012  | Actualizado 18.39      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

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JAIME BARREIRO GIL

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Mi gozo en un pozo

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¡Cuán fugaz es la alegría! La semana pasada, pocas horas después de que remitiese a EL CORREO GALLEGO mi columna, celebrando que el Gobierno cubano concediese un visado de entrada en la isla a Pilar Pin, directora general de la Ciudadanía Española en el Exterior, se diluyó inesperadamente mi alegría. La reacción del gobierno de Castro (no importa cual) ante la muerte innecesaria de un disidente, me ha resultado profundamente frustrante. Ha mostrado, de nuevo, el talante antidemocrático con que controla (no gobierna) un país que, muy al contrario, lo que necesita, como cualquier otro, es democracia.

Cuba no tendrá salida al futuro si no es abriendo sus puertas, políticas, económicas, intelectuales y culturales. Algunas de ellas, por cierto, se las ofrecemos abiertas los demás, sin pedir a los cubanos que las franquean visado alguno. Pero el problema no está en el destino sino en el origen. Nunca es de recibo, sea cual sea la razón que se esgrima, que un ciudadano necesite pedir permiso a su Gobierno para entrar o salir de su propio país.

Pero para no irme del tema que me hizo cambiar el gesto, también diré que a ningún país pueden irle bien las cosas cuando considera enemigos a sus disidentes. En realidad, ni siquiera es aceptable que califique como disidentes a los contrarios o críticos con su Gobierno. ¿Se imaginan ustedes que en España se calificase así a cuantos critican abierta y libremente al Gobierno de turno? ¿Y a Mariano R­ajoy en huelga de hambre? ¿O a Pachi Vázquez encarcelado por decirle cuatro cosas a Feijóo? Que no. Que no hay manera de justificar lo injustificable. Ni siquiera sacando a colación las muchas diferencias que hay entre unos disidentes y otros (tan plurales ideológicamente como nosotros mismos). Ningún Gobierno tiene legitimidad suficiente para definir eso que llaman "delitos de opinión", porque opinando no se delinque nunca. Y tampoco la represión logrará acabar jamás con la crítica, que el Gobierno cubano llama disidencia. Como decía Luís Cilía: "non hai machado que corte a raíz do pensamento". Y punto.

Cuba, su Cuba, mi Cuba, no va por buen camino. La historia que los Castro esgrimen como legitimación política de su régimen, ya está agotada. La han utilizado tantas veces como actitud de autodefensa, que no hay manera que hacer enraizar en ella proclama alguna de porvenir.

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