Jueves 24.05.2012
| Actualizado 18.39
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Tal día como hoy, hace un año, Galicia volvía a la normalidad. Tras una breve excursión por el bosque Bipartito, Caperucita dejaba su roja caperuza para ponerse la de siempre, la que ha vestido durante más temporadas desde que comenzó la autonomía. Por segunda vez, la bella dama del noroeste se iba de aventura y por segunda vez retornaba arrepentida. Galicia y el PP mantienen un matrimonio que arruinaría a las revistas del corazón. Sólo un par de desencuentros momentáneos, que no lo son tanto si analizamos con cuidado las circunstancias. Porque la escapada con Laxe se produce gracias al trasfuguismo, y la que se da con Touriño llega por los pelos. Incluso perdiendo el poder, los populares son con diferencia la organización favorita del país. Esta fidelidad de Galicia al PP sólo se explica con una recíproca adaptación del PP a las hechuras de la sociedad gallega. Recurrir a estas alturas a la tesis de un pueblo hipnotizado, abducido o masoca, sólo puede servir de consuelo a los que actúan como el galán despechado que le dice a la novia esquiva: no sabes lo que te conviene.
Es que además la moza ha probado otras experiencias. Ese lazo conyugal de Galicia con el PP es más meritorio que otros que también asombran por su duración, como el de los socialistas con Andalucía. Los gallegos experimentaron el cambio demostrando que son menos conservadores que los andaluces, pero al final vuelven a su lugar de origen con toda naturalidad. Esos escuetos paréntesis tri o bipartitos le dan al centro-derecha galaico tiempo para confesar sus pecados, hacer propósito de enmienda y renovar su casa por dentro. Albor, Fraga y Feijóo se corresponden con las demandas de la sociedad gallega en diferentes etapas de su historia reciente. Sentidiño, autoridad, modernidad. Cuando el modelo se agota, el PP saca de su factoría uno nuevo, y vuelta a empezar. Uno de los que mejor entendieron este proceso fue Anxo Quintana. Más que luchar contra el modelo, el nacionalista quiso absorberlo. Criado en la escuela municipal, percibe que el éxito de los populares se debe en gran medida a que nadie les disputa el espacio del sentido común, que incluye bailar agarrado con el poder gris cuando la verbena lo requiere. No le dio tiempo a terminar el baile y Galicia volvió a compartir pasodoble con los populares, que llegaban frescos después de su entrenamiento en la oposición. La izquierda gallega reincide en los mismos errores que arruinaron el inciso protagonizado por Laxe, resumidos en su incapacidad para pasar de la yuxtaposición a la auténtica coalición. ¿Cuál es la causa? Que las bases sociales del socialismo y el nacionalismo son distantes. A diferencia de lo que ocurre en Cataluña, no existe aquí un sustrato común, lo cual hace que los acuerdos que suscriben los líderes por arriba, vayan perdiendo fuerza a medida que se trasladan hacia abajo. Hace un año, Galicia retornó a su casa de siempre después de un breve peregrinaje que acaba en decepción. Se equivocarían sin embargo los populares si pensaran que este regreso es definitivo, un punto final a los episódicos escarceos de Galicia con la izquierda. Depende. La historia demuestra que a esta sociedad no le desagrada probar y no le gusta entregarse incondicionalmente. También enseña que el enemigo más feroz, tenaz peligroso y letal que tiene el Partido Popular, es el Partido Popular. Lucha contra sí mismo, como el púgil ante el espejo.

El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado
Estas son las carreteras que tenemos
Una placa muy desfasada en Ribeira