Jueves 24.05.2012
| Actualizado 18.39
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Durante muchos minutos no ocurre absolutamente nada. En las tertulias del corazón, el presentador se afana por romper el discurso uniforme, el tono monocorde. No importa demasiado lo que se diga, sino cómo se diga. Y entonces sale Belén Esteban y dicen que dice: "yo por mi hija mato. Mato". Y se convierte en una frase lapidaria. Una de esas frases que irán a parar a las antologías de frases, con las de Oscar Wilde, que nunca faltan. O no. Tal vez no. Tal vez la frase deba esperar. Y luego, en la calle, la gente repite el mensaje, como si fuera un eslogan publicitario. Hay frases televisivas que hacen fortuna, pero uno no sabe bien cuál es la razón. Gran hermano, por ejemplo, producía en su primera época sentencias que no significaban nada, pero que parecían señales de otro mundo: el de Gran Hermano, claro. "Quién me pone la pierna encima": sonaba como el estribillo de una canción (mala). La frase duró un tiempo, colgada de las nubes o de las antenas. Todos pensaban que, alguna vez, habían tenido la pierna encima.
Y luego llegó Belén Esteban con la suya y tuvo éxito. Empezó a utilizarse (irónicamente) en muchos contextos. La citaban, como se cita a Bacon, por poner un filósofo alimenticio. Como hoy es todo tan sofisticado, me pregunto si será cosa de los asesores. Es posible que, en medio de esa maraña de párrafos inconexos, esa pasta verbal amasada con oportunas lágrimas, haya que decir de vez en cuando la frase. Algo que se quede en la audiencia, más allá de esa sensación genérica de insatisfacción general con el mundo. Una frase con la que ir tirando. Creíamos que eran las imágenes las que se quedaban en nuestra memoria: Belén Esteban airada en el plató, Cristiano Ronaldo mirando con aire altanero. Cosas así. Pero al final, son las frases. El eslogan. Lo que vende el producto.

El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado
Estas son las carreteras que tenemos
Una placa muy desfasada en Ribeira