Jueves 24.05.2012
| Actualizado 18.39
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Acabo de recordar que hace unos días les hablé de Serge Moscovici y de un libro del que me comprometí a darles la referencia. Como estaría muy mal visto que lo reconociese así de rápida y paladinamente no les confesaré que no tenía allá mucha idea de quien se trataba Monsieur Serge, el psicólogo social que los más de su gremio conocerán de toda la vida; no así yo, ocupado como ando en otras literaturas y alguna que otra abyección que silenciaré, no vaya a suceder que me la tomen en serio y a mayores.
Sigo sin tenerla, sin tener idea de quién se trata Moscovici, mucho más allá de unas breves, más bien apresuradas lecturas, y de dos o tres consideraciones realizadas a partir de su afirmación de que "una de las mayores oportunidades que uno puede tener en la vida es no haber sido feliz en su infancia". Está su aserto en su Chronique des années égarées, París, Stock, 1997.
Sin embargo no era esa la referencia bibliográfica que les ofrecí, sino la del libro de Boris Cyrulnik Autobiografía de un espantapájaros. Testimonio de resilencia: el retorno a la vida, publicado por gedisa editorial hizo ahora un año. Empecé a leerlo durante el fin de semana anterior a este en el que les escribo y acabo de recuperar ahora la posibilidad de seguir haciéndolo.
Tampoco les confesaré, así de buenas a primeras que no sabía de quién se trataba Boris Cyrulnik. Se lo diré de segundas: no tenía ni idea. Pero leer su libro fue como si reencontrase a un viejo amigo. No es que Cyrulnik haya podido ser el niño del pijama a rayas, que sí, que pudo serlo, porque escapó apenas con siete años de un campo de concentración nazi, sino porque en su definición de lo que entiende por resilencia -busquen en la Internet, recurran al Google, evítenme hablarles de ella sin ser Cyrulnk- creí encontrar los ecos de mi vieja fe en el poder de curación de la palabra, a la vez que retazos de un tiempo casi olvidado. Fe en el poder de la palabra. Incluso de la palabra en su formulación cuántica, ese aliento emitido, ese estremecimiento del alma, esa energía, que igual que cura, mata y que, querámoslo o no, transforma y determina pues, por medio de ella, el ser humano supera las más dramáticas circunstancias, se redime de su propia condición y se eleva por encima de ella. Resilencia es la capacidad de construir un mundo que desaloje otro ocupado por los traumas que la vida te inflinge; la posibilidad de cauterizar una herida del alma cubriéndola con palabras, vendándola con la gasa sutil de una historia construida con ellas. Lean el libro, les va a interesar. Seguro. O igual no, quién sabe. Pero averígüenlo.

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