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Jueves 24.05.2012  | Actualizado 18.39      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

a bordo

El encierro catalán

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Como una coincidencia vale más que mil análisis, constatemos una muy significativa producida estos días. Andaban sesudos pensadores comparando en el Parlamento catalán los toros con la ablación del clítoris, mientras un prestigioso organismo ofrecía datos que prueban que Cataluña sigue a la baja en el ranquin español. ¿Pero qué importa el PIB y la renta, si la odiosa tauromaquia va a ser erradicada?

No fue sin embargo ese extraño debate taurino, la única novedad que nos deparó la que fuera en otro tiempo antesala de Europa. También supimos que el presidente José Montilla procura que sus hijos escapen a la inmersión en catalán, llevándolos a una selecta escuela dónde el idioma de Salvador Espriù es un adorno.

Y conocimos que Joan Laporta se pone a disposición de la patria, con prédicas que hubieran hecho llorar de emoción a Primo de Rivera (a los dos). Y llegaron hasta aquí las fechorías de los ultras que profanan de nuevo la Universidad para boicotear una conferencia de Rosa Díez, igual que antes hicieron con el ex Ibarretxe.

Las discusiones sobre toros y toreros son consecuentes. Lo mismo que los festejos independentistas que periódicamente amenizan la vida municipal. Todo ello es congruente con un país que huye de sus problemas reales, para desahogarse en lo superfluo. ¿País? Corrijamos la expresión porque el catalán es víctima de una moderna clase dirigente que ha optado por colocarse, en el doble sentido de la palabra.

La cuestión no es si resulta mejor hacerse independiente, seguir viviendo con España, o ser como los adolescentes mediopensionistas que vuelven al hogar tras el botellón. Una independencia como la de Holanda es atractiva para cualquiera, pero acercarse al modelo venezolano o boliviano es horrible, aunque se puedan levantar fronteras y jugar aparte el Mundial.

Los debates y actitudes que hoy se ven en Cataluña son los mismos que se producen en las naciones decadentes, cuando su élite suple el bienestar y la libertad por un patriotismo gestual. Cambien la amenaza yanki que vocifera Chávez, por las insidias españolistas que denuncia parte de la jerarquía catalana, y tendrán la misma reacción defensiva, destinada a ocultar el deterioro y sofocar el descontento. En todos los casos se trata de mantener prietas las filas, de condenar cualquier disidencia por traidora. Ese camino no lleva hacia Amsterdan sino a Caracas.

Visto desde el otro lado de la península, esta decadencia de lo catalán apena, porque Cataluña fue durante mucho tiempo un modelo que aquí se envidiaba. Los gallegos de antes miraban hacia Madrid y veían provincianismo, autarquía, casticismo rancio, al tiempo que recibían del noreste el soplo de aire fresco procedente de Europa.

Ahora resulta que lo rancio, autárquico y provinciano echa raíces en el Principado y se aleja de la capital de España. Ese mismo estudio de Funcas, por cierto, hace de un Madrid hipotéticamente independiente, una de las mayores economías de la UE. Es obvio que la comunidad madrileña tiene beneficios derivados de su condición capitalina, pero también es innegable que estar liberada de obsesiones nacionalistas ayuda lo suyo. Es lo que distingue también a la Holanda cosmopolita de esta Venezuela.

CLRODRIGUEZ@ELCORREOGALLEGO.ES

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