Jueves 24.05.2012
| Actualizado 18.39
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La credibilidad del sistema financiero está por los suelos. Eso es lo que se pulsa en la calle, independientemente de lo que de forma más rigurosa y metódica puedan revelar las encuestas realizadas con tal fin.
Estado de opinión generalizada que no hace distingos con los bancos y cajas españoles, aunque hayan funcionado mucho mejor los sistemas de control y regulación impuestos por el Banco de España. Pues si bien es verdad que en España sólo una entidad de ahorro (Caja Castilla-La Mancha) ha tenido que ser intervenida por el supervisor, el sector lleva un par de años con el grifo del crédito cerrado; abriéndolo de pascuas en ramos sin ni siquiera una lógica económica que, al igual que la del riego por goteo, tentase de, en un contexto de escasez, hacer eficiente el flujo del crédito a las empresas y a las familias. Lo que hubiese ayudado a mitigar los devastadores efectos de la crisis sobre el consumo y la inversión.
Bancos y cajas son los grandes responsables de haber creado en España más desconfianza de la que ya había como consecuencia de las preocupantes noticias que daban cuentan de quiebras, fraudes estafas masivas al otro lado del Atlántico. Como agentes económicos que cumplen unas funciones muy específicas dentro del sistema, deberían haber sido ellos los primeros en ponerse de acuerdo para intentar evitar el desplome de la confianza. Pero de nuevo se comprueba que más allá de las apariencias formales, el sistema financiero es campo abonado a los espíritus irracionales, aunque en algunos casos tales espíritus procedan del ámbito científico de las matemáticas.
Estos días empiezan vislumbrarse tímidos intentos de la entidades financieras por aumentar el caudal de la oferta de crédito, algo que coincide con el anuncio de que el ICO asumirá, por decisión del Gobierno, la función a la que durante 24 meses renunciaron aquellas. Sin embargo, el daño está hecho, y la recuperación será más lenta, pues tampoco está nada claro que bancos y cajas hayan terminado de limpiar sus balances.
En octubre del año pasado, el sector financiero español se mostró visiblemente irritado por el anuncio de Moody's de que llegaban malos tiempos para la banca española.
La agencia de calificación advertía que las provisiones para insolvencia iban desfasadas y al ritmo de aquellas fechas el sector tardaría cinco años en hacerle frente a las pérdidas. Sin duda, exageraba; pero el informe no iba tan descaminado cuando alertaba que algunas entidades parecían estar evitando "el reconocimiento de la magnitud real del deterioro de la calidad de los activos en sus cuentas", pues, en efecto, lo que hicieron fue diferir el saneamiento de los activos. Con lo que, en consecuencia, se limitó el caudal del crédito hacia las empresas y las familias.
La gente tiene la sensación de que el sector financiero la ha estado engañando. Y desconfía, y esa desconfianza la traslada también a los procesos de fusión, por más que éstos se planteen desde la instancia política como una cruzada de salvación nacional, cuando existen cajas y bancos que pueden consolidarse sin necesidad de acometer ese proceso. Ese lenguaje dramáticamente grandioelocuente de las fusiones a la fuerza no hace más que alimentar la sensación de engaño entre quienes reivindican el derecho a una información veraz.

El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado
Estas son las carreteras que tenemos
Una placa muy desfasada en Ribeira