Jueves 24.05.2012
| Actualizado 18.39
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Ante el oprobio solemos encontrar dos actitudes contrapuestas: la de quienes se sientan esperando ver pasar el cadáver del enemigo y las Judiths que entran en la tienda del Holofernes de turno para salir con su cabeza en la mano. En algunos casos el silencio se interpreta como un signo de elegancia, de no rebajarse a la altura del ofensor, pero a menudo, como exclamaba un personaje de Bodas de sangre, callar y quemarnos no nos sirve de nada. Afirmaba un articulista hace poco que la razón es de quien tiene el coraje de sostenerla, y la dignidad y la coherencia personal, aun con nuestras pequeñas grandes contradicciones, nuestras miserias, nuestros Waterloos particulares y el vallejiano charco de culpa en la mirada, es lo que queda cuando todo lo demás se desmorona.
No obstante, tampoco hemos de otorgar a cualquiera el honor de ser considerado nuestro enemigo. Puestos a odiar, que el objeto de nuestra aversión tenga la categoría suficiente para ello: las ratas de cloaca, los bocazas fatuos y miserables, los analfabetos orgullosos de serlo y recalcitrantes en su imbecilidad, no merecen tal distinción. Afortunadamente, nuestra dignidad, individual y colectiva, no depende de las estupideces de Rosa la Milonguita, de la cortedad de mente y espíritu, o de cuerpo incluso, del imbécil de turno, ni de las lorquianas lenguas de pedernal. Cada Armada Invencible tiene su desastre, cada Don Juan su convidado de piedra con la cena macabra esperando, y cada Titanic su iceberg, como decía este viernes Pérez Reverte. Como reza el refrán, gallego "en el mejor sentido de la palabra", "a todo porco lle chega o seu San Martiño".

El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado
Estas son las carreteras que tenemos
Una placa muy desfasada en Ribeira