Jueves 24.05.2012
| Actualizado 18.39
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La cosa no está para globos y chistes. No son el mensaje y el lenguaje más acordes con la realidad de una crisis que está g0lpeando con fuerza a las mujeres en todos sus estractos de edad dentro del segmento de la población activa. La realidad es mucho más dura con ellas que las que bosqueja una pantomima edulcorada, en la que un par de conselleiros intentan ponerle buena voluntad y una pizca de humor con un recurrente intercambio de papeles domésticos, al estilo olvidado de Fernando Vizcaíno Casas.
Esa realidad da cuenta de una desigualdad de hecho, independientemente de que la Constitución española en su artículo 14 deje claro que los españoles "son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación ninguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquiera otra condición o circunstancia penal o social".
Que en términos de género, el colectivo de mujeres reciba salarios más bajos y ocupe puestos más bajos que los hombres, siendo ellas más que ellos y estando mejor preparadas, no hace más que poner en evidencia el tramo que todavía les falta por recorrer para que la igualdad formal que consagran las leyes de este país se haga efectiva.
Y conseguir la igualdad efectiva requiere de otras medidas que contrapesen los mecanismos sociológicos y psicológicos que operan en el mercado de trabajo. Porque, en parte, el comportamiento actual es también fruto del pasado.
Respecto a la mayoría de los países de la eurozona, España ha sido de los que más tardó en abrir la Administración y las empresas a la participación de la mujer.
A partir de los años ochenta se produce un cambio espectacular, y la mujer sale masivamente a buscar un empleo fuera del hogar. Hasta tal punto es así que los medios de comunicación recogen por aquellas fechas opiniones de hombres que le echan la culpa del aumento del paro a la irrupción en tromba de la mujer el mundo laboral.
En cierta medida, las mujeres eran el ejército de reserva ricardiano, cuya ingreso en el mercado de trabajo del sector privado se produce en condiciones de precariedad o, por mejor decirlo, de mayor precariedad que los hombres. Por supuesto que en la competencia entre géneros, hay mujeres que superan a los hombres en la ocupación de los puestos directivos y mejor remunerados, pero esa no es la característica dominante del proceso.
En efecto. Esa masiva incorporación tardía fuerza a las mujeres a hacer concesiones a sus empleadores. Ante la disyuntiva de aceptar esas condiciones o quedarse en casa, eligen la menos mala desde la perspectiva de una lucha en la que la igualdad pasa ineludiblemente por la emancipación.
No por causalidad, el sector servicios y determinadas actividades con salarios más bajos acogen una presencia mayoritaria de mujeres. Pero, además, la crisis económica ha provocado que aquellas que se fueron al paro hayan buscado acomodo en la economía sumergida, donde muchas ya estuvieron en los años ochenta y parte de los noventa; por ejemplo, en el sector textil.
De modo que una cosa es la participación de la mujer en el mercado laboral, y otra las condiciones en que se da esa participación comparándolas con las del hombre. Por eso la batalla de la mujer no es ya la de la igualdad formal, sino la de la igualdad efectiva.

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