Jueves 24.05.2012
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Como otras muchas personas que tuvieron el privilegio de gozar de su amistad, he recibido la noticia del fallecimiento de mi viejo amigo Feliciano Barrera con dolor y consternación. No con sorpresa, porque dado lo avanzado de su edad el desenlace final podía llegar en cualquier momento. Pero sí con un sentimiento de inmensa tristeza por su marcha y de dulce nostalgia por los recuerdos que guardo de personaje tan singular.
Conocí a Feliciano Barrera a mediados de los sesenta del siglo pasado en Madrid. En aquella época yo era un joven estudiante de Económicas en la facultad que por entonces estaba situada en el viejo caserón de San Bernardo, y él era un hombre mayor que a pesar de ser ya millonario, como a menudo le gustaba decir, quería obtener también la licenciatura en Económicas para enriquecer con un título universitario su ya exitosa y brillante carrera empresarial. Recuerdo que a todos los estudiantes de nuestro curso, y a mí particularmente, nos llenó de admiración tanto la ilusión con la que aquel hombre, que para nosotros era tan importante, acometió semejante reto como el tesón con el que se entregó para alcanzar la meta que se había propuesto. Más tarde, no satisfecho todavía con su flamante condición de universitario, decidió hacerse doctor en Ciencias Económicas, y yo tengo el honor y la satisfacción de haberle animado a conseguir lo que él sin duda consideró uno de sus logros más preciados. Recuerdo perfectamente las tardes que pasábamos juntos en su casa de la calle del Pintor Rosales discutiendo detalles de su tesis doctoral sobre la coherencia interna de las encuestas sobre la coyuntura industrial española, un objeto de estudio que yo mismo le había sugerido en su momento por la afinidad con su actividad principal.
Siendo yo todavía estudiante, gané mis primeros duros trabajando en las oficinas de Grúbar de la calle San Bernardo, y aquellos pingües emolumentos me permitieron mejorar significativamente el por entonces precario nivel de vida de un humilde estudiante en una España que apenas comenzaba a salir de la pobreza. Era la época en la que Feliciano estaba construyendo el Mindanao, un hotel que pronto habría de convertirse en un lugar de encuentro y referencia para la galleguidad madrileña. Y muchos años más tarde, después de que yo hubiera desarrollado casi toda mi carrera profesional por derroteros totalmente alejados a los suyos, volvimos a encontrarnos de nuevo cuando me propuso dirigir el Servicio de Estudios de EL CORREO GALLEGO, tarea a la que me he dedicado hasta hace todavía poco tiempo - lo digo en honor del editor y del director del periódico- con absoluta libertad e independencia. Durante esta etapa, nuestro contacto volvió a ser frecuente, y a menudo rememorábamos los episodios que habíamos vivido juntos en las aulas universitarias.
Feliciano Barrera era, además de un gran empresario, un gallego ejemplar amante de su tierra. Era también un hombre con un carácter fuerte, con firmes convicciones y con una extraordinaria voluntad para llevar a feliz término todo aquello que se proponía. Era en definitiva un gran hombre, aunque para mí era sobre todo un amigo.

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