Jueves 24.05.2012
| Actualizado 18.39
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Hemos conocido casos en Boston, Irlanda, el propio Vaticano y, ahora, en Austria. Algunos sacerdotes han sido acusados de abusos sexuales a menores. Son excepción, sin duda, pero la gravedad de los hechos, la propia magnitud de la Iglesia y el interés de algunos por subrayar sólo lo negativo, han puesto el foco en esos casos. Personalmente, como cristiano y periodista, no soy partidario de apagar los focos, al revés. Es inútil intentar esconder las situaciones de crisis. Conviene tener habilidad para manejarlas y convertirlas en ocasión de generar nueva confianza. Decir que los abusos "son una pena", o que "deslucen la imagen de la Iglesia" equivale a describir el terremoto de Haití como un "inquietante movimiento de tierra". Decir que "la naturaleza es débil" suena a descargo inaceptable. Los católicos -y otros muchos millones de personas que tienen a la Iglesia como referencia- esperan sincero arrepentimiento, condena inequívoca y firme propósito de enmienda. Justo lo que ha hecho Benedicto XVI en sus declaraciones públicas, donde manifestó "sentir vergüenza" y propuso "establecer la verdad de lo sucedido, evitar que se repita, respetar los principios de justicia y estar con las víctimas".
¿Por qué entonces hay prelados y portavoces que se empeñan en quitar hierro? Pues porque en todas las organizaciones hay más papistas que el Papa, aunque sea precisamente él quien se aleje de las valoraciones tibias. El camino abierto por Juan Pablo II y seguido por Benedicto XVI encaja perfectamente en las pautas comunicativas que se han de seguir en la gestión de situaciones de crisis: reconocer los hechos probados, colaborar en el esclarecimiento de la verdad y reparar los daños. Es de justicia con las víctimas pero también con la inmensa mayoría de los sacerdotes, que se mantienen fieles a una vocación sagrada y que se desgastan en el servicio a los demás.

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Un cajero compostelano pintarrajeado
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