Jueves 24.05.2012
| Actualizado 18.39
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Opinión
Un agudo observador de la realidad del país llamaba la atención en una de las tertulias radiofónicas de la noche del viernes sobre la indudable capacidad del presidente del Gobierno español en manejar los hilos de la opinión pública -consciente o inconscientemente, que esa es otra- hasta límites insospechados por ninguno de cuantos le precedieron en el cargo. Porque, en efecto, la polémica surgida a propósito de las fotografías del presidente y de su familia con su homólogo americano se convirtió en muy pocas horas no sólo en razón de Estado y argumento recurrible para la totalidad de los medios de comunicación, sino que captó también el interés general, de modo que no es exagerado afirmar que la práctica totalidad de los españoles en uso de razón conocieron la polémica y opinaron sobre ella desde la particular visión de cada cual.
El tema se trae aquí en razón de que en esa diatriba se colocó el foco de la discusión sobre la prensa y la conveniencia o no de que la foto apareciera publicada en los medios escritos. Una decisión que volvía a avivar, como periódicamente suele ocurrir, los pareceres encontrados sobre cuáles son los límites de la protección del honor y la intimidad de las personas, menores en este caso.
La polémica surge, como bien conocen los lectores, por la decisión de algunos periódicos, los menos, de publicar la foto del presidente del Gobierno español acompañado de su esposa e hijas con el presidente de Estados Unidos y su esposa, con ocasión de un acto oficial -una cena a los mandatarios del mundo-, enmarcado en las reuniones del G-20 y de la Asamblea General de la ONU a las que el presidente español decidió acudir acompañado de su familia. Y surge con especial virulencia porque algunos, Moncloa incluida, consideran que la publicación de las imágenes rompe un supuesto acuerdo tácito por el que los medios de comunicación españoles se habían comprometido a salvaguardar la intimidad de las hijas del presidente en tanto que ajenas al interés general.
Quienes por razón de oficio nos vemos obligados a revisar con frecuencia la normativa legal, sustanciada en las sucesivas leyes de amparo del derecho al honor y a la intimidad y en la más explícita y categórica Instrucción de la Fiscalía 2/2006, ya aludida aquí en anteriores ocasiones, sabemos de las procelosas aguas en que nos vemos incursos con demasiada frecuencia, ya que no es fácil delimitar los límites de un derecho enfrentados al no menos vigente de la libertad de expresión que fundamenta el ejercicio de la profesión periodística. Por si alguna duda cupiera en relación con los hechos que se comentan, que no es el caso, la sustanció un ex Defensor del Menor de Madrid y algunas otras fuentes jurídicas al asegurar que en la publicación de las fotografías no había incursión en la ilegalidad.
Porque, en efecto, en la publicación de las fotos no se da ninguna de las muchas excepciones que la propia Fiscalía contempla como imprescindibles para amparar los derechos de la persona -excepcionalmente acentuados cuando se trata de menores- por encima de los de la libertad de información.
Desde luego, no es del caso hablar del derecho al honor, que en absoluto aparece conculcado con la publicación de una foto de carácter social y amable y se diría que hasta buscada por cuantos la protagonizan. Nada que indagar, pues, por ese lado. Más polémico podría ser la invocación del derecho a la intimidad a que toda persona puede acogerse bajo amparo legal y que en el caso de los menores de edad goza, como se señala, de especial protección. Pero también aquí la norma es clara al aludir al interés general y al carácter público de un acto como razones suficientes para no hurtar a la sociedad su legítimo derecho de saber. Y a nadie se escapa que un viaje del presidente del Gobierno y su familia, utilizando medios públicos, para asistir a un programa de actos de trascendencia mundial y sin que por nadie de los presentes se adopten precauciones preservadoras de esa intimidad, no tiene por qué ser amparado bajo aquel supuesto legal. Como tampoco entra dentro de las responsabilidades de la prensa ejercer principios de subsidiariedad respecto de responsabilidades ajenas y mucho menos para atender negligencias o caprichos de quienes por rango y responsabilidad democráticos tienen el más alto deber y responsabilidad de no incurrir en ellas.
Las hijas del presidente tienen un razonable ámbito de lo privado que no debe sobrepasarse cuando se desarrolla lejos de la trascendencia pública y que se ha venido respetando por toda la prensa española, como la propia Moncloa reconoce al criticar la foto de ahora. Tema distinto es el que se comenta, no ya porque se trate, en efecto, de un acto de relevancia pública, sufragado por dinero público y protagonizado por personajes públicos -incluidas las hijas del presidente, no del ciudadano Zapatero- sino porque, además, y pudiendo hacerlo, no sólo no se hurtó a la vista general esa supuesta intimidad, sino que se aireó al situarse delante de unos fotógrafos en manifiesta voluntad, como no cabe interpretar de otra forma, de ser objeto de la foto.
Sin tantos deseos explicitados pero acaso mucho más explícitos, las familias de anteriores presidentes del gobierno gozaron de una intimidad que ningún buen profesional de la prensa desea traspasar. Y ello ocurrió tanto con los hijos de Suárez, como de González, Calvo Sotelo o Aznar. La propia boda de una hija de Aznar fue un meridiano ejemplo de cómo, niños o mayores, quienes quisieron preservar su intimidad lejos de los focos de la prensa lo lograron -algún esposo de ministra gallega incluido- con la simple precaución de acceder al lugar del banquete por puerta distinta a la de la pasarela gráfica por donde accedían sus consortes públicos. Tan sencillo, tan elemental.
Ámbitos de lo privado y de lo público
No es en absoluto propósito de este defensor entrar en diatribas sobre cuestiones estéticas de las hijas del presidente, que esas sí entran dentro del ámbito de lo particular, pero a nadie escapa que la polémica desatada en la sociedad española sobre la conveniencia o no de la indumentaria de las jóvenes es otro meridiano ejemplo de cómo la percepción ciudadana entiende la foto no sólo como un acto público sino con el suficiente rango de oficialidad como para que en él se vea una representación de la imagen que los españoles dábamos al mundo a través de la familia del presidente. ¿Qué intimidad hay que salvaguardar? ¿Qué derecho debe prevalecer?.
Hace bien el presidente, en tanto que ciudadano, en querer preservar la intimidad de sus hijas, en derecho que ampara la ley. Para ello, nada más fácil que asesorarse entre sus indudables buenos consejeros y quitar del foco de la notoriedad lo que no quiere someter a ella.
El carácter de oficialidad se lo dio el propio presidente al programar el viaje como lo hizo, no la prensa que se limitó a reflejar esa oficialidad hasta donde pudo y se le dejó. Que no estamos hablando de fotos robadas sino de poses, más que consentidas, buscadas.

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