Jueves 24.05.2012
| Actualizado 17.30
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Es muy posible que como castellano viejo de origen, admirador y empedernido lector de la obra de Miguel Delibes, no sea lo suficientemente objetivo al escribir alguna cosa sobre él, pero ante su traspaso al cielo, después de una larga y prolífica vida, me siento en la obligación de rendirle un último homenaje, pues le debo en parte mi afición por divulgar a través de los medios de comunicación las costumbres, el trabajo, los medios de producción y su impagable aportación al bien social, tanto de agricultores como ganaderos.
Y es que como escritor Delibes es un ejemplo del alma de Castilla, con sus giros lingüísticos, con la exaltación del paisaje y de los hombres que le mantienen, con los problemas del hombre de las pequeñas ciudades; si todo eso y mucho más es el Miguel Delibes novelista, está el otro Miguel, el hombre íntegro, recto, indomable, con la fortaleza de sus creencias, con la libertad como bandera y sin claudicaciones, cuajado de liberalidad y de respeto, con una ética clara a la que él llenó con su comportamiento diario a lo largo de los años de una estética de la castellanía profunda y seria. Pues para Delibes, y lo dijo muchas veces, "entre el hombre que vive y el escritor que escribe no debe abrirse un abismo". Cosa con la que estoy totalmente de acuerdo. Pienso que sin duda fue quien mejor noveló los problemas rurales de su tiempo.

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