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| La gran actriz de teatro, hija de emigrantes gallegos, Ana Marzoa durante la entrevista |
Acabo de llegar a su casa y ya me está enseñando una fotografía, casi sepia, que cuelga en su salón. Es la niña Ana, ataviada con traje regional y bailando la muiñeira. Su biblioteca, en perfecto orden, alberga libros, películas, discos, fotografías, guiones… Tennessee Williams, John Huston, Carlos Arniches, Calderón, Bertold Brecht, Carmen Martín Gaite… Es su universo, la moleskine vital de esta actriz de genética gallega. El arte de la escena, su profesión y vocación, le acompaña desde hace ya más de treinta años.
"No hay duda alguna. Donde el actor de raza siente más libertad es en el teatro. En él no hay cortes ni segundas oportunidades. Es un género en el que debes mantener una línea de principio a fin".
Ana Marzoa nació en Buenos Aires, esa ciudad en que el teatro es lo cotidiano. Conoce cada palmo de las tablas, cada foco que le presta luz, cada guiño, cada director. En su experiencia: televisión, cine y teatro… mucho teatro… puro teatro...
"Mi primera vocación fue el ballet, aunque la más profunda ha sido y es la música. Esta pasión despertó en mí a los cinco años, aunque muy pronto pasé de la danza al teatro"
Entre sus galardones: un María Guerrero, un Miguel Mihura, un Ercilla y un Nacional de Teatro. ¡Ahí es nada…! La porteña, hija de emigrantes gallegos, volvió a España en 1972 y aquí ha desarrollado casi toda su fecunda carrera. Me dice Enrique Cornejo, el empresario que ha entendido que no hay espectáculo sin cultura, que la vida de esta actriz tiene cuatro puntos cardinales: bastidor, candilejas, proscenio y tablas. Mi verdadera intención es sacarle, a mi paisana de la Sexta Provincia, su secreto para seguir siendo la que mejor sabe representar en lengua castellana a Tennessee Williams...
"Por dos veces he representado obras suyas. Hace años fue Un tranvía llamado deseo y finalmente me atreví con La noche de la Iguana. Te agradezco el piropo, pero no lo comparto. A Tennessee lo representan admirablemente todos y cada uno de los ciudadanos del planeta. Él es la vida misma".
– ¿Hay que estar loca para que el espectador crea que lo estás de verdad?
– ¿Lo dices por mi papel en La Iguana?
– Es que te vi en una representación histórica en el Reina Victoria de Madrid…
– ¿Y a qué conclusión llegaste?
– Me hiciste creer que eras la mismísima Hannah Jelker...
– Es una función que me atrae mucho por el espacio en que transcurre la acción. También, cómo no, por el personaje de Hannah, que no tiene un perfil trágico, sino muy espiritual. Quienes nos consideramos actores debemos circunscribirnos a ser transmisores de algo, pues lo verdaderamente importante está en el texto.
– Otros amigos actores me suelen comentar que les gusta mucho Tennessee Williams, porque sus obras ofrecen papeles intensos, muy cargados dramáticamente…
– De siempre me ha tocado más este tipo de teatro. Reconozco que todos los géneros son importantes y valen. Me encanta la comedia, pero creo que estoy mejor dotada para la tragedia.
– ¿Qué te decían en casa?
– Mi padre venía siempre a verme al teatro, era un gran entusiasta. Recuerdo que el día del estreno de La malquerida me dijo: "Hija siempre te matan".
– Conclusión: la comedia no está hecha para ti.
-– Cuando preparaba en Mérida Electra, nada más ponerme a ensayar, me percaté de que había cosas de humor…
– Le has dado a todos los palos...
– No exageres, la verdad es que cada vez hago menos televisión y, en cine, he hecho poco y nada.
– Algo te habrá dado el cine…
– Como todos en la vida busco ese trocito de inmortalidad. La verdad, el cine nunca me interesó como medio de vida, sin embargo es algo que se mantiene a través del tiempo. El teatro, por el contrario, es demasiado efímero. He tenido dos películas que siempre están ahí. Puedes verte y ser vista una y otra vez. Es lo que más se acerca a esa cuota de eternidad.
– ¿Cómo te dio por esto de las tablas?
– Nunca fui muy gimnasta. Me decían de pequeña que bailaba bien porque era muy expresiva y que lo sentía mucho. Es esa condición que llaman "carácter". Pero eran muchas horas en la barra, tantas… Pronto me di cuenta de que soy más para la cabeza que para el cuerpo y no lo dudé, pasé al teatro.
– ¿La interpretación es oficio o arte?
– Chopin tiene una frase espléndida: "Técnica es la del espíritu". Eso me impactó. Es fundamental que todo esté teñido de arte y no se quede en un mero oficio. Pasa como en la música. Cuando te gusta mucho ya no compras exclusivamente por el autor, sino por el intérprete.
– Dame la conclusión…
– Es que no es fácil, porque en este oficio se dan cita el que es artista, el que puede llegar a ser artista y el que solamente tiene oficio.
– ¿Eres argentina, gallega o madrileña?
– Soy como una ensalada mixta…
– Cuéntame eso...
– Llevo muchos años de convivencia con un mexicano y, quienes me conocen, dicen que me comporto como la gallega hija de gallegos y nieta de gallegos que soy.
– Bueno, la cosa está entonces fácil…
– No creas. Hay algo más…
– ¿El qué?
– Nací en la ciudad de Buenos Aires...
– ¿Y no crees que los gallegos nacemos donde nos da la gana?
– Eso puede ser ahora… Por aquellos años nacíamos donde nos tocaba.
– ¿Qué tienes de Galicia?
– Herencia por los cuatro costados. Salvo mi madre, que nació en Buenos Aires, todos en Galicia.
– ¿Padre gallego y madre argentina?
– Mi madre es hija de gallegos nacidos en Pontevedra. Mi padre es de Sada. Emigraron muy jovencillos a Buenos Aires donde nací yo, en un sanatorio que se llama el Centro Gallego. Tengo tantos recuerdos… Vivíamos a miles de kilómetros, pero con mucha intensidad todas las tradiciones, cultura y costumbres. Mi padre, que era sastre, llegó a ser presidente del Centro Coruñés.
– ¿Recuerdos gallegos de Buenos Aires?
– No sabes la cantidad de gallegos que vivíamos allá: trabajadores, poetas, actores… Festejábamos los carnavales y nos disfrazaban a las niñas para ir a bailar. Guardo íntimamente aquel recuerdo esperanzado y doloroso que era la emigración. Viví rodeada de muchos paisanos. Yo provengo de un extracto muy humilde. Habitábamos en casas de vecindad compartidas, lo que nos daba una muy estrecha relación. Debajo de nosotros vivía doña Herminia, una señora gallega que había emigrado ya de mayor y que todas las tardes lloraba mientras recitaba una letanía: Las nosas casiñas.
– ¿Con qué te sientes feliz?
– Me siento feliz cuando el día es melancólicamente gris.
– La melancolía es cosa gallega…
– También es el rasgo de identidad más característico de la ciudad de Buenos Aires.
– ¿Qué hay de Galicia en tu carácter?
– Sobre todo la melancolía y ese amor tremendo por la lluvia. La gente suele mostrarse triste cuando llueve, yo, por el contrario, siento una alegría enorme.
Las palabras de Ana Marzoa me traen a la memoria esa espléndida canción de otra Ana, Ana Belén, y su Niña de agua. Por un momento mi cabeza vuela a su letra:"No es que la casa no tuviera techo,/ pero si algo faltaba lo tenemos./ Nada me gustaría como saber cierto/ a qué o a quién tendré que agradecerlo./ No es que los días no estuvieran llenos,/ para la ternura siempre hay tiempo./ Ya está el rompecabezas amarrado,/ fue la pieza que andábamos buscando". Reconduzco nuestra conversación hacia la historia íntima que duerme en el alma de la actriz…
"Tuve una formación fantástica desde niña, en un centro gratuito dedicado a orientar vocacionalmente a los niños. Allí aprendí teatro, a bailar, a modelar títeres, literatura infantil... Fue la gran escuela de mi vida"
– ¿Tus valores?
– Los que me transmitieron mis padres y mis abuelos.
– ¿El mayor recuerdo de tu padre?
– De él recuerdo muchas cosas importantes, sobre todo la comprensión que tuvo conmigo. Fue muy creativo y un gran lector, pero ni siquiera tuvo la oportunidad de terminar la escuela primaria viéndose obligado a un trabajo que no fue nunca su vocación. Tenía un cliente y vecino que trabajaba en la Editorial Sudamericana. Cuando mi padre le tenía que hacer arreglos, se los cambiaba por libros. Gracias a esa afición de mi padre por la lectura y a que tenía una gran intuición, conocí muy temprano la literatura de Bertrand Rusell, Aldoux Huxley… los conocí por él. Muchas noches me quedaba dormida a su lado leyendo. Él me despertaba y me ponía la capita y las botitas de goma… Me llevaba a pisar charcos, era fantástico.
– Háblame de tu madre…
– Es muy dulce, una persona muy paciente y melancólica. Su gran sentido del pudor le hace ser extremadamente delicada y tolerante.
– ¿Qué tiene el teatro para que siempre vuelvas a él?
– Desde los comienzos estuve nutriéndome, aprendiendo y desarrollando la autodirección. Es algo imprescindible. El actor no es ni un mandado, ni un robot.
– ¿Y la televisión?
– Es más consumo, está muy bien para la popularidad.
– ¿Qué me dices del cine?
– En él dependes por entero del director.
– ¿Definitivamente el teatro?
– Es que te permite, durante el tiempo que estás en el escenario, las sensaciones más fantásticas. Nunca es lo mismo. Hay que tener la disciplina que lo enriquece. Se siente una emoción muy grande.
– ¿Y ese momento en que vas a irrumpir en escena…?
– Uno de los más esenciales de mi vida.
– ¿Qué sientes entonces… ?
– No sé definírtelo bien…
– Dime, al menos, lo que haces…
– Antes de entrar en escena, siempre bostezo.
– ¿Es una técnica?
– Más bien una reacción nerviosa…
– ¿Lo peor?
– Cuando me toca entrar y no puedo cerrar el bostezo... Me quedo como un guante dado la vuelta...
La Marzoa ha sido dirigida por figuras como José Luis Gómez, Miguel Narros o José Tamallo. Entre sus trabajos en teatro destacan La vida es sueño, Castigo sin venganza, El concierto de San Ovidio, La Malquerida, Antígona, Calígula, Panorama desde el puente, La señorita de Trévelez… Ha trabajado también en históricas series de televisión como Cañas y barro, Anillos de oro, La huella del crimen, Segunda enseñanza, Historias del otro lado y Crónicas del mal. Lo cierto es que pasan los años y La Marzoa ha conseguido el blindaje sobre las tablas."La clave está en lo que aprendes de pequeña. Todo queda. Me enseñaron en el instituto a bailar la chacarera, la zamba, el perico y el carnavalito. Todavía está en mí y nunca lo olvido. Luego, con el tiempo, vas ganando en aplomo, seguridad y madurez… pero el aprendizaje viene de mucho antes".
– ¿Cómo te mantienes en forma?
– Soy bastante autodestructiva… No tengo un gran cuidado con las comidas. Me gusta mucho el vino y, aunque no es políticamente correcto, confieso que fumo.
– Me quedo con lo del vino. Moderadamente es un potente antioxidante y un buen protector cardiaco.
– Pero es que a veces no me modero...
– ¿Por qué personaje te gustaría ser recordada?
– Me ocurrió algo que le pasa a muy pocas niñas. La mayoría quieren crecer… Yo estaba en magisterio, había comenzado antes los estudios superiores y era un año menor que el resto. No me importaba, siempre he querido seguir siendo niña. Comprenderás entonces que el personaje que más me ha marcado es uno que representé con apenas trece años: Peter Pan. Me identifiqué de tal manera con el niño que no quiere crecer y que se va al país de nunca jamás…
– Tengo que darte una mala noticia, traviesa Marzoa…
– Te recuerdo que no están los tiempos para malas noticias, Beotas…
– Es que ya eres una mujer hecha y derecha y no me voy a conformar con lo de Peter Pan…
– Es que son muchos y yo no he sido nunca de una sola cosa… me resulta muy difícil…
– Último intento…
– Recuerdo mi papel en el inteligente montaje que hizo José Luis Gómez de La vida es sueño. También me sentí como pez en el agua en el Castigo sin venganza de Narros... Recuerdo con especial cariño una obra que representé en el teatro Español de Madrid y que dirigió An-
tonio Larreta, el de Volaverunt...
– ¿Qué tal llevas lo de los clásicos?
– En literatura, como en música, lo clásico es siempre lo más sencillo de llevar.
– ¿La obra por hacer?
– Chéjov y todo ese mundo enloquecido, de melancolía desbordante. Me gustan mucho esos personajes que son contenidos pero ricos en emociones.
– En el fondo eres una inconformista…
– La verdad es que sí, soy bastante oveja negra. Con el tiempo, sobre todo en los últimos años, me va costando mucho adaptarme a todo lo que pasa en la política.
– ¿Te podrá el escepticismo?
– Más que escepticismo es individualismo. Me ocurre con la propia profesión…
– ¿Te has sentido maltratada?
– No es eso, es que he tenido la mala suerte de ser una actriz vocacional a la que no le gusta esa idea un poco pueblerina de las reuniones, los representantes, los jefes de castin… Pero es así, y no podemos hacer otra cosa.
– ¿Y cuando seas mayor, niña de agua…?
– Subiré a la azotea de mi casa a contar palomas, como cuando mi padre sacaba su botella de agua de mar gallego y nos íbamos juntos a la terracita de la casa de Buenos Aires a bautizarlas…
No les quepa duda alguna de que la actriz nacida en Buenos Aires, la gallega de la Sexta Provincia, aquella que evoca sus pequeños-grandes momentos con un padre constructor de sentimientos y lealtad a la tierra madre, ya la había radiografiado Ana Belén en su Niña de agua:"No viniste del frío ni la lluvia,/
llegaste del amor y de la luna…".
Tu película.
‘Ojos negros’. Me recuerda a mi padre, que lo llamaban el bello Antonio porque siempre se hacía el italiano.
Tu actor.
Marcello Mastroniani por la misma razón.
Tu autor.
Chéjov por su mundo de emociones.
Tu plato.
Todo lo que engorda. Me encantan los cachelos, el arroz y la pasta.
Tu vino.
El de Rioja por su delicadeza.
Tu pintor.
Velázquez por su expresividad.
Tu música.
Schubert, Beethoven y Ravel por su romanticismo. Bach y Mozart por su resistencia al tiempo. Monteverdi por su frescura. La música de cámara porque es la que más me llega y las músicas con aire eslavo por su desenfado.
Tu libro.
‘Los hermanos Karamazov’.
Tu color.
Esa mezcla entre el verde y el gris.
Tu olor.
El que deja la lluvia a tierra mojada.
Tu sabor.
Me gusta mucho el sabor a mar.
