Jueves 24.05.2012
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Hay pocos políticos capaces de hacer lo que hizo Gaspar Zarrías: renunciar a ser presidente de la Junta de Andalucía, tras casi dos décadas de consejero, para ser un simple secretario de Estado. Él lo justificó por lealtad a Manuel Chaves. Por eso le siguió a Madrid. Pero nadie se lo cree. Llevaba desde 1988 manejando todos los hilos de la política andaluza y el cuerpo le pedía dar el salto a la nacional: para seguir haciendo lo mismo; es decir, el trabajo sucio, azotar a la oposición y encargarse de esos asuntos que los políticos normales no quieren. Un buen ejemplo: enredar a la Xunta con el recurso de la Lei de Caixas. Ésa es su gran especialidad.
De Zarrías dicen en el PSOE que es un hombre temido por su capacidad para maniobrar en la sombra y por su falta de escrúpulos. De lo uno y de lo otro pueden dar fe Alfonso Rueda y Marta Fernández Currás. Una anécdota le señala: fue pillado en el Senado votando desde escaños de sus compañeros ausentes. Y no se inmutó: cualquier cosa vale con tal de lograr el objetivo que beneficie a su partido.
En el PSOE son muchos los que esperan su caída para ajustarle las cuentas. Él, por si acaso, ya se sumó a la lista de José Antonio Griñán, actual presidente andaluz en el último congreso. Sabe que eso le puede salvar. Como la opinión de sus superiores orgánicos que valoran su capacidad de trabajo y su lealtad. Como demostró cuando dejó de ser cabeza de ratón (presidente de la Junta) para ser cola de león (secretario de Estado). Pero, eso sí, con plenos poderes para maniobrar y/o conspirar
